- LO
NUEVO Y LO VIEJO DEL CALEIDOSCOPIO
Extracto del libro "
Física Recreativa I " de Yakov Perelman
(1936)
Todos conocemos un buen juguete, que se llama caleidoscopio.
Un puñado de trocitos multicolores de vidrio se refleja en tres
espejos planos, formando figuras de singular belleza, las cuales varían
en cuanto el caleidoscopio se hace girar lo más mínimo.
Pero aunque el caleidoscopio es muy conocido, son pocos los que sospechan
la enorme cantidad de figuras diferentes que pueden obtenerse con este
juguete. Supongamos que tenemos un caleidoscopio en el que hay 20 trocitos
de vidrio y que lo giramos 10 veces por minuto, para hacer que los trocitos
reflejados adopten nuevas posiciones. ¿Cuánto tiempo necesitaríamos
para ver todas las figuras que se pueden formar?
Ni
la inteligencia más vehemente puede prever una respuesta acertada
a esta pregunta. Los océanos se secarían y las cadenas
montañosas desaparecerían, antes de que pudiéramos
acabar de ver todos los dibujos, que de forma tan maravillosa se encierran
en este pequeño juguete; porque para efectuar todas las combinaciones
posibles se necesitarían, por lo menos, 500 000 millones de años.
Es decir, ¡más de quinientos millones de milenios habría
que estar girando nuestro caleidoscopio, para ver todos los dibujos
Esta infinita variedad de dibujos, eternamente cambiantes,
hace ya mucho tiempo que llamó la
atención de los decoradores, cuya fantasía no puede competir
con la inagotable inventiva de este
aparato. El caleidoscopio produce con frecuencia dibujos de singular belleza,
que pueden servir
perfectamente de motivos ornamentales para tapices, de dibujos para tejidos,
etc.
Sin
embargo, hoy día el caleidoscopio no despierta ya el interés
con que fue acogido, como novedad, hace cien años. En aquella
época era cantado en prosa y en verso.
El
caleidoscopio fue inventado en Inglaterra en el año 1816 y
al cabo de un año o de año y medio
penetró en Rusia, donde fue acogido con admiración.
El fabulista A. Izmailov, en la revista Blagonamerenni
(julio de 1818), escribía lo siguiente sobre el caleidoscopio:
Leí un anuncio del caleidoscopio y conseguí uno
de estos, maravillosos aparatos,
Miro, y, ¿qué ven mis ojos?
En distintas figuras y estrellas,
Zafiros, rubíes, topacios.
Y esmeraldas, y diamantes,
Y amatistas, y perlas,
Y nácar, y todo, ¡do repente!
Y en cuanto la mano muevo,
Mis ojos ven algo nuevo.
No sólo en verso, sino hasta en prosa es imposible describir
todo lo que se ve en el caleidoscopio.
Las figuras cambian cada vez que se mueve la mano, sin que se parezcan
las unas a las otras.
¡Qué dibujos tan preciosos! ¡Oh, si fuera posible
trasladarlos al cañamazo! Pero, ¿dónde conseguir
sedas tan brillantes? ¿Qué otro entretenimiento puede
ser más agradable? Es preferible mirar
el caleidoscopio, que hacer solitarios.
Se asegura que el caleidoscopio se conocía ya en el siglo XVII.
Recientemente ha sido restaurado
y perfeccionado en Inglaterra, desde donde hace un par de meses pasó
a Francia. Uno de los ricos de aquel país ha encargado un caleidoscopio
que cuesta 20 000 francos. En vez de cuentas y vidrios multicolores,
ha pedido que se pongan perlas y piedras preciosas.
Más adelante, este fabulista cuenta una distraída anécdota
sobre el caleidoscopio y, finalmente,
termina su artículo con una observación melancólica,
muy característica de la época de la servidumbre y el
atraso:
El físico-mecánico imperial, Rospini, célebre
por sus magníficos instrumentos ópticos, hace
caleidoscopios y los vende por 20 rublos. Indudablemente, la demanda
de caleidoscopios es mayor que la de conferencias de física
y química, de las cuales, desgraciadamente, el bienintencionado
señor Rospini no obtenía ningún beneficio.
Durante mucho tiempo, el caleidoscopio no pasó de ser un interesante
juguete, hasta que en nuestros días ha conseguido aplicación
práctica en el diseño de dibujos. Se ha inventado un
aparato que permito fotografiar las figuras que produce el caleidoscopio
y, de esta forma, idear mecánicamente toda clase
de ornamentos.
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